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Cuestión de perspectiva

La foto: Un conductor es cazado por un radar mientras conduce por una autovía circulando a 100 km/h, en un tramo donde la velocidad está limitada a 80 km/h. La foto no deja lugar a la duda: es un mal conductor; merece la sanción económica y la retirada de varios puntos de su permiso de conducir.

El cuadro: El conductor circula al límite de la velocidad permitida e inicia una maniobra de adelantamiento a un camión articulado, por el carril de la izquierda. Otro vehículo, conducido por un impaciente amigo de la velocidad, se mantiene a tan solo 10 metros de la parte trasera del vehículo de nuestro conductor, a una velocidad de 100 km/h.
Le siguen otros imprudentes como él, haciendo caso omiso de la distancia de seguridad reglamentaria.

En ese preciso momento, dos señales de tráfico (una a cada lado de la calzada) limitan la velocidad, “sin motivo aparente”, a 80 km/h. Unos 20 metros más allá, una placa avisa de la existencia de un radar. Nuestro conductor apenas ha rebasado la mitad de la longitud del camión y ve una de las señales, a su izquierda. Su primer impulso es frenar para reducir así los 20 km/h. en que excede el límite permitido, pero debe hacerlo bruscamente si no quiere activar el radar. En centésimas de segundo mira por el retrovisor y ve tras él al conductor impaciente lanzado a 100 km/h, seguido de los otros vehículos en procesión tras él… Mira ante sí y vislumbra el panel tras el que, presumiblemente, está instalado el radar y toma una decisión: “que sea lo que Dios quiera”. Si frena, la catástrofe está asegurada; si no lo hace, la Administración será implacable.

Pasa el radar circulando 20 km/h por encima del límite establecido. Finalizada la maniobra de adelantamiento, se sitúa delante del camión y reduce la velocidad paulatinamente. Por el carril de la izquierda, los otros conductores impacientes consiguen, sin saberlo, una foto, y quizás salvar la vida.

Nuestro conductor sonríe con amargura. Es evidente que el radar no ha sido instalado —tan próximo a las señales que rebajan el límite de velocidad— para evitar accidentes, sino para recaudar a costa de los imprudentes y de los prudentes.
Ahora lo sabe: la reducción del límite de velocidad y la existencia del radar, son una trampa para cazarle. Y le han cazado. Está indefenso, pero contento de haber evitado una tragedia.

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