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Idolos falsos con los pies de barro

— ¿Qué lees?

Tu pregunta interesada por el libro en formato digital con el que estoy enfrascado en las últimas dos horas, me fuerza a levantar la mirada hacia ti abandonando momentáneamente el relato de una historia que jamás hubiera imaginado. Como solía decir el «Dr. House», célebre personaje de una serie de televisión en alusión a los pacientes, “todos mienten; lo que pasa en nuestra realidad, es que tendemos a creer que las mentiras no pueden proceder de determinadas esferas… Y ese es nuestro gran error.

— Una biografía no autorizada realmente interesante.
— ¿Una biografía no autorizada…? Entonces lo que leas no será verdad ni tendrá fundamento alguno, ya que el autor puede haber vertido un poco de veneno en sus apreciaciones.
— O tal vez no. Lo malo de las biografías oficiales, es que están demasiado edulcoradas y bastante trufadas de inexactitudes… Por no llamarlas mentiras. Somos tan egocéntricos y vanidosos, que no podríamos tolerar que una historia que habla de nosotros sacara a la luz pública nuestras miserias, sobre todo si algunas son tan graves y trascendentes como las que llevo leídas.
— Aplicando esa perspectiva, no puedo sino estar de acuerdo contigo.

Mientras hablas, te aproximas hacia mi y tomando el lector electrónico de mis rodillas, donde lo había dejado para contestar a tu primera pregunta, le echas un vistazo al título y a algunos párrafos de la interesante página que he dejado a medio leer.

— ¡Vaya! —Exclamas después de leer y tras un largo resoplido estupefacto— ¿Te lo crees?
— Sí. —Afirmo con rotundidad.— El autor está bien documentado y sus argumentos parecen irrefutables, pero incluso siendo fiel a mi costumbre de no creer todo lo que me cuentan, no puedo dejar de reconocer las grandes verdades relatadas en la obra.
— Creo que voy a leerlo yo también en cuanto lo termines; los pocos detalles que he visto hace un momento, me han abierto el apetito de saber más.
— Te vas a quedar de piedra, eso te lo aseguro.

Vuelves a tu asiento de costumbre en nuestras muchas tertulias y con gestos sosegados, te dejas caer en el sillón; cruzas una pierna sobre la otra y me lanzas una mirada profunda tras la cual creo entrever una reflexión acerca del libro, lo poco que has leído y las breves coincidencias compartidas. Aguardo a que ahora seas tú quien trace la senda por la que discurrirá nuestra conversación, mientras le aplico un marcador a la página donde dejo la lectura y apago el lector de libros digitales.



Establecimiento destrozado en el centro de Barcelona el 29M

— ¿Pudiste ver las imágenes de los destrozos en Barcelona el 29M? —Me asaltas de pronto, decidido a que el silencio no sea muy extenso.
— Sí. Me parecieron lamentables y vergonzosas, muy poco dignas de una sociedad avanzada como la catalana y muy significativas de la manera que los vándalos entienden como solución a los problemas. Y como no eran bastantes para producir muchos destrozos, se trajeron ayuda para generar daños en mobiliario urbano por valor de 565.000 euros… Que ahora se pagarán con el dinero de los ciudadanos. No debemos entender, comprender, ni justificar, acciones que no persiguen más que el placer de destruir todo aquello que se ponga por delante de estos bárbaros. Así, que nadie intente ahora razonar esas actuaciones como la desesperación de jóvenes en paro y sin medios de subsistencia que no ven salida para su futuro, que no debe ser otro que la cárcel, porque los violentos fueron contados por la policía y están en franca minoría frente a los millones que ese día salieron también a las calles, pero de forma pacífica y a cara descubierta, dándoles una gran bofetada de civismo en sus rostros enmascarados.
— Pues espero que la policía los identifique a todos y les haga pagar, céntimo a céntimo, todos los daños. Con ellos, me parece, no tenemos ya nada que hacer así que dejémoslos en manos de las autoridades, pero lo que me crispa sobremanera es que cuarenta diputados faltasen al pleno del Congreso ese día; la Constitución recogerá su derecho a la huelga, pero la lástima es que no recoja también su falta de vergüenza. Lo que necesitamos en este país es que se implanten de una vez las listas electorales abiertas, para que así podamos mandar al paro a los políticos que no den la talla, no asomen todos los días por su puesto de trabajo, se duerman en las sesiones o se dediquen a tuitear desde sus escaños, que envilecen con sus posaderas de holgazanes. Lo que hacen estos, es un insulto a los votantes que les auparon al sillón que les reporta un sueldo que no se ganan, algo que debería ser tipificado por la ley como una estafa a la ciudadanía y que debería ser sancionado con un par meses de suspensión de empleo y sueldo, además de con la retirada del acta de diputado y la prohibición de concurrir a cargos políticos durante unos cuantos años, si cometieran tres faltas idénticas… Como sucede en cualquier trabajo, al que nadie puede faltar aunque se ponga enfermo, porque al final lo acaban despidiendo, o en el que desde luego no se debe dormir.

Te reconozco como una persona entera y muy preocupada por las injusticias, frente a la casi totalidad de las cuales estamos impotentes e indefensos. A medida que hablabas, subías el tono de tu voz encendida por la furia, mientras gesticulabas con las manos, que intentaban agarrar por las solapas de una chaqueta imaginaria, a quienes entiendes son los primeros llamados a dar ejemplo. Desde luego no le hubiera ido nada bien al propietario de la imaginaria chaqueta, en la que desconozco si habías embutido a alguien.

— Leí la noticia acerca de esos políticos huelguistas y me sorprendió que uno de ellos fuera precisamente el anterior ministro de Trabajo, Valeriano Gómez…
— ¡Exacto! —Vuelves a estallar antes de que pueda terminar lo que quería decir. Sé que cuando acabes, ya no importará lo que yo hubiera podido añadir.— Después de haber sido el titular de ese ministerio, él mejor que nadie debería saber que lo único que puede salvarnos de la bancarrota es el trabajo y la confianza de los ciudadanos en sus gobernantes. Sin llegar al extremo de afirmar que el PP no se merezca la huelga general, sí me parece que los sindicatos deberían haber esperado un poco más para convocarla, hasta ver los resultados de sus medidas de gobierno. Cuando el barco va a la deriva, hay que remar como sea, ¡y debemos hacerlo todos! aunque sea a contracorriente, porque estamos demasiado cerca del precipicio.
— Desde luego, en un país por cuyas heridas económicas sangran más de cinco millones de personas en paro, casi un 25% de la población, convendría que los que van al timón y los que esperan a que cambie de nuevo el capitán, estuvieran más por la labor de trazar la mejor ruta de escape, arrimando el hombro a la tarea común de darle empuje a la nave. —Intento pronunciar mis palabras con la voz más suave que he podido modular, porque temo tener que llamar a Emergencias si esa vena tan característica tuya explota en uno de tus brotes de ira… Me asombra la capacidad de simbiosis que demuestras en estos asuntos que en realidad no puedes resolver.— Entonces, ¿coincides con las palabras de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que sentenció, en relación a los sindicatos, que «…caerán como el muro de Berlín»…?
— No le gustaron nada —dices, y ahora en un tono mucho más relajado, aceptas mi invitación a disertar sobre este aspecto— las manifestaciones en la Puerta del Sol y los contenedores ardiendo, cosas que reflejarían los periódicos internacionales al día siguiente, transmitiendo una imagen muy parecida a la de Grecia… Obviamente buscaba el titular en la prensa, pero yo le diría que reflexione también acerca del descontento de la ciudadanía con la clase política, que no parece estar a la altura de las circunstancias. Que lea detenidamente las opiniones de los lectores de la prensa digital, cuyos comentarios no tienen desperdicio… Esa noticia en particular, tuvo 580 comentarios en un diario editado en Internet y tenían mucha enjundia; no fui capaz de leerlos todos, pero eran el mejor termómetro de la fiebre que padece la sociedad española. Fiebre que habría que tomar en seria consideración.
— Pues ya que lo comentas, me parece que el INE y el CIS no deberían gastar el dinero de los contribuyentes en encuestas a pie de calle o en viviendas particulares, para conocer lo que pensamos… Bastaría con que pusieran a dos docenas de becarios a leer los periódicos digitales cada día… Porque coincido contigo en la sabiduría popular que se agazapa en las miles de personas que solo tienen voto, aunque luego no sirva para nada, pero que no tienen voz y a quienes estos medios permiten expresarse cada día diciendo lo que piensan y aportando sus ingeniosas ideas, algunas bastante morbosas, para salir de la crisis.

Parece que hemos llegado a ese momento en que damos por zanjada la disertación y nos enfrascamos cada uno en lo suyo, a la espera de que surja otra chispa que propicie una nueva oportunidad de hablar, aunque según veo, hoy tienes ganas de cháchara y yo, siempre encantado de participar, me lanzo otra vez a la arena porque, al fin y al cabo, no encontraría a nadie mejor con quien compartirla.

— ¿Sabes cuánto ganó el año pasado el presidente de Telefónica, César Alierta…?

Me dispongo a contestarte que no tengo ni idea, cuando sin darme tiempo siquiera a hilvanar la frase en mi mente, me dejas claro que la tuya era una pregunta retórica…

— ¡10,2 millones de euros! 9,2 de sueldo y 1,0 para su plan de pensiones ¿Qué te parece?
— Pues me parece que tendrá una jubilación más feliz que la de la gran mayoría de españoles y que se los ha ganado, aunque solo sea por adjudicarles un despacho a personas que todos conocemos.
— ¡Pues es verdad! Ahora que lo dices, convengo en que tienes razón. ¿Cuánto te falta para acabar ese libro? —La rapidez con que saltas de un escalón a otro, siempre me ha impresionado, y hoy no podía ser menos—.
— Apenas una docena de páginas. ¿Quieres que te lo preste?
— Exactamente eso mismo es lo que quiero. Acábalo mientras preparo un pequeño aperitivo y después de comer me lo llevo.
— De acuerdo. Pero te advierto que muchas cosas en las que ahora crees, ya no serán igual después de haberlo leído.

Así es la vida después de todo. Cuando hemos pasado décadas de firmes convicciones, por las que hubiéramos llegado a las manos, descubrimos que nuestros ídolos, nuestros dioses, en realidad siempre tuvieron los pies de barro y que ha llegado el momento de tirarlos del pedestal para que se hagan añicos al caer contra el suelo.

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