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Yo tampoco tengo Facebook… Ni falta que me hace.


Hace rato que te veo mirar con verdadero entusiasmo algo que para variar, no es un periódico sino una revista, que tan pronto alejas como acercas a tu rostro… Como si quisieras no perderte ni uno solo de los detalles de lo que sea que estés analizando. Me pregunto sumamente intrigado qué poderosa razón te ha llevado a cambiar el formato de la tradicional base de información de la que surgen muchos de nuestros debates, pero confiado en que me lo terminarás contando, sigo ocupado con mi propia lectura.
Nuestros encuentros,
—pienso con una leve sonrisa— no son nada rutinarios; unas veces abordamos sin más preámbulos el asunto que nos ha llamado la atención y otras, en cambio, dejamos que el tiempo se consuma mientras cada uno se ocupa de sus intereses.
No es infrecuente que en ocasiones pasemos en silencio varias horas tras el saludo de bienvenida, así que, sin darle mayor importancia a tu interés en la revista, continúo leyendo el artículo sobre Facebook que llamó poderosamente mi atención, mientras con el rabillo del ojo te voy vigilando. Me resulta muy útil esa vigilancia, porque como ya tengo experimentado, saltarás a la arena del debate como un estampido, como un león que se lanza sobre su presa sin haberla advertido previamente. Eso,
—vuelvo a recordar sonriendo—, me ha producido varios sobresaltos inesperados desde que te conozco, así que procuro dejar un ojo sobre ti mientras con el otro, me ocupo de mi artículo, algo así como la demostración palpable de que la archiconocida red social, no es tan indispensable para nuestras vidas como nos intentan hacer creer todos los días.


— ¡Sí señor!


Pese a mi empeño por evitar que esta vez también me sorprendieras, el tono eufórico de tu exclamación me ha obligado a dar un respingo y casi soltar de mi mano el bolígrafo al que estaba dándole vueltas entre los dedos mientras leía… Pero en lugar de preguntarte por ello, dejo mi lectura y aguardo a que prosigas.


— ¿No te parece un cambio asombrosamente maravilloso y bien realizado? ¿A que es un trabajo de ingeniería de reconstrucción facial impecable? —Y mientras hablas, me tiendes la revista abierta por la página en la que se pueden ver las dos fotografías, una antigua y otra reciente, de la exvicepresidenta del Gobierno socialista de Zapatero, María Teresa Fernández de la Vega. Pero en lugar de convenir inmediatamente contigo, decido esquinar momentáneamente la sorpresa y te lanzo una pulla…



— ¡Caramba! Este trabajo no acostumbra a verse muy a menudo… ¿Quieres decir que la más joven no será un sosias o una pariente cercana más joven? Acuérdate de aquel gran parecido entre el actor Hervé Villechaize, que participó en la película El hombre de la pistola de oro de la saga de James Bond y que en España fue presentado en Televisión Española por Javier Gurruchaga, en una célebre parodia del presidente del Gobierno, Felipe González.


— ¡Quiá! La más joven es la exvicepresidenta fijo, porque se la pudo ver así en el acto Mujeres por África celebrado en Madrid… Es ella. Garantizado. ¿Crees que ahora le gustará más a María Escario?


Estoy sorprendido. Has pasado olímpicamente de mi teoría; como si en realidad no la hubieras escuchado. En ocasiones semejantes, esto mismo hubiera dado pie para un encendido debate paralelo… En cambio, me has lanzado un dardo envenenado…


— ¿Qué quieres decir con que si le gustará más a la presentadora de deportes de TVE?
— Bueno… Corre el rumor de que la exvice y la periodista se habían casado…
— Yo en cambio, he leído una entrevista a de la Vega en la que afirma que ni la conoce, ni la ha visto en su vida, ni es homosexual. Así que no parece que se hayan casado… Pero tampoco me parecería mal y lo cierto es que ahora está mucho más guapa, porque el cirujano es un verdadero artista… ¿Sabemos quién es y cuál es su teléfono? Porque van a haber colas interminables en su consulta a partir de ahora —apunto con un cierto deje de mordacidad pensando en las verdaderas chapuzas estéticas que se ven a menudo por televisión e intentando de paso que olvides lo del matrimonio lesbiano—.


— Sí. Es posible que haya una desbandada desde otras consultas hacia la de este cirujano… Debemos reconocer que trabaja fino
— Coincido contigo plenamente.


Al devolverte la revista, le echas una nueva ojeada con aire satisfecho, y acto seguido la cierras y la dejas sobre la mesilla, de la que coges la taza de café a la que das un sorbo largo, mientras me lanzas una mirada con la que me invitas a que sea yo ahora quien tome la iniciativa en el rumbo de la conversación.


— Sin saber por qué razón, —acepto el envite— al leer el artículo con el que estaba entretenido hace un rato, me he acordado de un profesor que tuve hace muchos años, José Ferrer, al que por cierto me gustaría tener la oportunidad de saludar de nuevo, y de dos librillos de fácil y entretenida lectura titulados Yo también fui Testigo de Jehová que me dejó hace muchos años, cuando un día estábamos hablando sobre ellos. La historia la contaba alguien que perteneció a esa congregación religiosa y hacía un pormenorizado repaso a los motivos que le llevaron a apartarse de ellos de manera irrevocable. He intentado encontrarlos para comprarlos, pero no he tenido éxito.
— ¿Vamos a hablar de los Testigos de Jehová?
— No, no… Pero la verdad es que me gustaría volver a leerlos, porque los detalles están ya muy borrosos en mi memoria, con unos cuantos años ya de experiencia y la biblioteca bastante llena. Además, es bueno que de vez en cuando alguien le pegue una patada a los ídolos de barro y nos permita poder ver las cosas con otra perspectiva.
— Soy todo oídos.
— Con frecuencia tendemos a creer como irrebatibles los argumentos que se nos dan a favor de la adhesión a una determinada corriente y olvidamos buscar los inconvenientes, la inutilidad de eso que la mayoría nos quiere hacer ver como bueno.


Ahora eres tú el que espera pacientemente a que le aclare lo que se está debatiendo en mi cabeza.


— Para un adolescente como era yo entonces, —prosigo sin soltar prenda—, que creía que la forma en que alguien intentara acercarse a Dios no era lo importante, conocer las experiencias del autor de aquellos librillos fue como abrir los ojos bruscamente a la realidad. Comprendí tras su lectura, que no debía dejarme llevar de manera candorosa, hacia la realidad interesada de muchas personas que solo buscaban acólitos para sus fines, empleando para lograrlo cuantas argucias tenían a su alcance.
— Y eso guarda relación con lo que me vas a contar porque…
— Porque en los últimos años nos hemos dejado convencer de que, si no tenemos móvil, iPad, Blackberry, amén de otros artilugios diseñados para hacernos la vida más cómoda, pero también más dependiente, no somos progres y viviremos en una especie de edad de piedra. Pero si teniendo alguno de esos cacharros no los empleamos además para adentrarnos en las redes sociales y tener miles de amigos, corremos el riesgo de quedar excluidos de una sociedad cada vez m.
— Yo no tengo cuenta en ninguna red social y no me siento diferente al resto de la gente…
— Y yo tampoco, como bien sabes. Y me siento estupendamente sin necesidad de volver a casa pitando cada día para ver qué fruslerías han colgado en mi muro, "amigos" que nunca me llaman, que nunca me escriben o que nunca me invitan a tomar algo en su compañía.
— ¿Qué has leído sobre eso y qué relación guarda con esos librillos de alguien que también fue Testigo de Jehová? Porque supongo que la cosa va por ahí, ¿no?


Hecha la aproximación, solo resta ‘entrar en harina’ y me dispongo a ello.


— José A. Navas firmó en elmundo.es un interesante artículo titulado Por qué dejé Facebook, en el que, entre otras cosas decía que Fátima abandonó la red social cuando después de asistir a la boda de una amiga, de vuelta al trabajo descubrió que habían colgado unas fotos en las que se la veía con un pedo como un piano. Después de eso, decidió que su vida no le interesaba a nadie y que tampoco quería recuperar viejas amistades, por lo que, si quería ver a alguien, le llamaría por teléfono y quedarían para tomar un café.
— Fátima es una chica inteligente…
— El artículo continúa diciendo que con más de 845 millones de usuarios, Facebook está cerca de alcanzar a China, que tiene 1.300 millones de habitantes y que, cada día, 483 millones de personas, una cantidad comparable a la población de toda la Unión Europea, se conecta para revisar las novedades de su cuenta y que de media, permanecen unos 20 minutos conectados.
— La cosa promete,… Continúa.
— Las personas que deciden abandonar Facebook, lo hacen por razones muy parecidas: pérdida de tiempo, relaciones superficiales o falta de privacidad. Otro usuario alega que cuando eliminas contactos, estos se lo toman fatal, peor incluso que si no les saludas por la calle. Otro usuario explica que estaba pasando una crisis de pareja y cuando decidió borrarla a ella de sus contactos, la mujer lo tomó como una señal de ruptura…
— ¡Por Dios…!
— Además, me he enterado de que la Agencia Española de Protección de Datos ha abierto una investigación contra Facebook por retener información de los usuarios sin su autorización. O sea, que lo que tú subas una vez a la red social seguirá guardado en los discos duros de la compañía aunque lo borres, lo que hace que la empresa se enfrente a multas de hasta 60.000 euros por apropiación de datos sensibles sin autorización.
— Así que, aquella foto que Lucía Etxebarria se hizo desnuda y después colgó en Facebook, aquella polémica foto fruto de un arrebato y que borró a los pocos minutos, en realidad no ha desaparecido… Interesante… Muy interesante.
— Pues eso la debe de estar martirizando si está al corriente de la estrategia de Facebook… Quizás se pregunte dónde acabará la foto y qué beneficios obtendrán de ella.
— Y encima, sin obtener dividendos… La pobre parece estar marcada por la desgracia; priva al mundo de sus libros a causa de las descargas ilegales y le regala una foto en pelota picada que ella misma puso en bastantes ordenadores, una imagen estará dando vueltas por todo el mundo ad infinitum pese a haberla borrado. Va a ser más difícil salir de Facebook, que dejar de ser Testigo de Jehová o borrarse un tatuaje… —aseguras en tono reflexivo y convencido—.
— No siempre es sencillo salir de algunos sitios en los que nos metemos… ¿Pero sabes qué es lo que en verdad me fastidia?, —añado— Pues recibir cada día en el correo electrónico, invitaciones para que me agregue a cuentas de personas que tal vez conozca o tal vez no, pero que nunca me escriben por otro medio o me llaman. Por descontado, esas invitaciones acaban directamente en la papelera. No quiero saber absolutamente nada de Facebook y similares.


En silencio de nuevo, pareces meditar largamente sobre algo que te está pasando por la mente. Al fin, de manera contundente, lanzas algo parecido a una sentencia lapidaria.


— ¿Pues sabes qué te digo? Que yo tampoco tengo Facebook.
— Tampoco yo… Ni falta que me hace.


Y además, ¿para qué lo querría? ¿Para que cuando colgara algo me contestaras con un ‘Me gusta’…? Para eso, prefiero nuestras conversaciones tête-à-tête, en las que tenemos la opción de vernos mientras hablamos y tú no pierdes la oportunidad de decirme lo que piensas… Aunque no me guste. Eso es un debate. Y así es como me gusta que sea.

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