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Ídolos caídos

—¿Acostumbras a leer la letra pequeña de los contratos antes de firmarlos? —Te suelto la pregunta a bocajarro, sin darte tiempo a que te protejas.

—La letra pequeña es pequeña para que no la podamos leer, pero por si acaso alguien se anima, suele ir guarnecida de términos legales y fórmulas algebraicas que no entiende ni quien los redactó, y ocupa tal extensión que acabaríamos antes leyendo la Biblia.

—O sea, que no la lees…

—Para eso es la letra pequeña. ¿Tú lees todos los prospectos farmacéuticos que acompañan a las medicinas, antes de tomarlas?

—¡No por Dios! Terminaría enfermando de más cosas.

—Pues eso. Yo haría un experimento: obligaría a todo el que tuviera que firmar un contrato, a leer de cabo a rabo toda esa jerga en presencia de su abogado, para que le explicara todo de forma clara. Después de mil lecturas en estas circunstancias, seguro que no firmaría el contrato ni uno. Acabado el negocio para el vendedor, se acabaría la letra pequeña.

—También la podrían hacer más grande.

—Pero entonces ya no sería letra pequeña, que es donde está la gracia… y la trampa. ¡Fíjate! Hace unos días compré un producto por internet y decidí pagar mediante el servicio Paypal. Al llegar a la página para efectuar el pago, los caracteres de las ventajas y beneficios que tendría por elegir este sistema, eran perfectamente visibles incluso sin gafas. Pero claro, también Paypal adorna con letra pequeña sus contratos, y como suele ser habitual, la letra era muy, pero que muy pequeña. Tanto, que me tuve que poner las gafas y pegar la nariz al monitor para poder leerla.

—Esa medida no estaría destinada a cuidar del medio ambiente ahorrando folios impresos…

—¡Quiá! Cogí un rebote del 15 y les llamé por teléfono. Le dije a la operadora que economizar 3 o 4 folios por contrato impreso en papel, minimizando el tamaño de los caracteres en las condiciones, podría incluso granjearles las simpatías de las organizaciones ecologistas mundiales, pero que dar la instrucción específica en el código fuente de la web para que el texto no se pudiera leer, era un atentado a la integridad de los ojos de sus clientes, que teníamos que comernos la pantalla y ni aun así podíamos conseguirlo. ¡Hombre! ¡Reducir expresamente el cuerpo del texto en una web, merecería que el FBI la clausurara por fraude descarado!

—Pues a propósito de la letra pequeña… En Londres han hecho un pequeño experimento con el respaldo de la agencia Europol. En este caso, la han utilizado para demostrar que quienes se conectan a una red WiFi pública, no leen esas condiciones.

—Y seguro que no las leyó ni uno.

—Algunos sí lo hicieron, pero otros no, con lo que acabaron aceptando una ‘Cláusula Herodes’, por la que accedían a entregar a su hijo primogénito para toda la eternidad.

—¡No fastidies! ¿Y si ahora se los reclaman?

—Al parecer no se puede. Aunque los términos son vinculantes y legales, chocan frontalmente contra la política pública de vender niños a cambio de servicios gratuitos. Así que esa cláusula no sería admitida en un tribunal.

—Vender niños a cambio de servicios gratuitos… ¿Y si primero pagara el servicio y luego vendiera al niño? Me apuesto la cena a que esos padres sí leyeron la letra pequeña…

—¡Ja, ja! ¿Crees que probaban suerte por si se les llevaban de casa de una vez a sus hijos treintañeros?

—Ya te digo… Mira cómo algunas aves tiran a sus polluelos desde el nido para que extiendan las alas y echen a volar; si no se pasarían la vida en él, abriendo el pico para que les metieran la comida. A los hijos hay que darles un empujoncito también de vez en cuando para que se desperecen.

—Eso me ha recordado el propósito de Sting, que no dejará a sus 6 hijos su fortuna, unos 216 millones de euros, para no privarles del estímulo de valerse por sí mismos en la vida.

—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me gusta Sting?

—Sé que te encanta The Police, pero ahora no acierto a adivinar si me lo dices por su música o por la idea de dar un empujoncito a sus hijos…

—Me “gusta” Sting.

—Vale. Pues te gustará también Bill Gates, que va en la misma línea y tampoco dejará sus 53.200 millones de euros a sus vástagos porque, como padre, y su esposa le apoya, «lo importante es transmitir a sus hijos el sentido del trabajo y el esfuerzo para consigo mismos». Así que la mayor parte de su fortuna, irá destinada a una fundación benéfica.

—Me “gusta” Bill Gates, aunque su güindos me tiene hasta la coronilla con los pantallazos azules de la muerte.

—Quienes se pondrán, no azules, sino verdes de ira, serán los hijos de ellos cuando vean que no podrán dilapidar esas inmensas fortunas dándose la vida padre.

—Sí se acordarán en cambio de sus abuelas, esto es, de las madres de sus padres… ¿Y qué? Ya sacarán tajada de sus apellidos.

—¿Y la bronca de Pujol en el Parlament? ¿No me dices nada?

—Sentí vergüenza ajena al comprobar la jactancia y el aire de superioridad perpetrados contra la institución que siempre dijo defender. Ese día, Pujol fue el ejemplo vivo de cómo se hace país y de embajador de ese país al mismo tiempo. Siento náuseas al suponer la opinión que se formaron de los catalanes los ciudadanos de otras regiones. «Tenéis lo que os merecéis», imagino que pensarán. Últimamente, si puedo evitarlo, paso de largo sobre mi procedencia geográfica.

—Le están lloviendo las querellas judiciales. El PSOE ha denunciado a Pujol ante la Fiscalía por fraude y corrupción.

—Que denuncie ahora también a su hijo Jordi, que se llevó 7,2 millones de euros en comisiones a Luxemburgo «por la situación de inestabilidad financiera de España» (ejemplo de lo que hizo su padre, según el mismo confesó). Jordi Jr., solo repatrió el dinero cuando el banco de allí le exigió que aclarara su origen. Los catalanes con pasta, estarán tomando buena nota de todo y a la que Catalunya se independice y las cosas comiencen a ir mal, como auguran los expertos, también harán país, como el expresident y su hijo, llevándose el dinero fuera. Quizás a Espanya, ¡quién sabe! ¿Tenemos derecho a decidir, verdad? En cuanto a las denuncias del PSOE, no servirán para nada… El molt vituperable ya ha perdido la vergüenza y el miedo, porque se sigue sintiendo arropado por su partido. Recordemos la vergonzante pantomima que escenificó en el Parlament con la ayuda de CiU y ERC.

—El derribo de su estatua en Premià de Dalt no le habrá gustado nada, pese a saber que el Ayuntamiento, gobernado por CiU, volverá a colocarla en su sitio manteniendo todos los honores de su vecino más predilecto. Eso sí, después de repararle a la efigie lo que se dañó en la caída: los dedos. También es casualidad, ¿no?

—Es un hecho que los ídolos nacieron para ser derribados. Los pies de éste, siempre han estado apoyados sobre suelo poco firme. Era solo cuestión de tiempo que la tierra cediera bajo el peso de su poca honorabilidad.


Estatua del expresident Pujol, derribada en Premià de Dalt, Barcelona

El clima otoñal que nos envuelve desde hace unos días, es perfecto para desarrollar nuestro intercambio de pareceres. Aprovechando la tregua que nos ha dado la lluvia, observamos desde nuestro banco el deambular de los críos en el parque. Corren, gritan, ríen, lloran,… Se divierten como niños; como lo que son. Aunque las más de las veces no reparemos en ello, es quizás la única estampa que da vida una ciudad haciéndola más cálida y humana.

Ausente también tú por un momento de las corrupciones que salpican al clan Pujol y de las que somos víctimas propiciatorias e impotentes, sonríes contemplando a un grupo de la inmensa chiquillería que alborota el recinto, haciendo mentalmente apuestas sobre quién será el primero en lanzarse por el tobogán.

Aprovecho la idoneidad del paisaje alegre y multicolor, vestido todavía con las batas del colegio, para dejar que fluya al exterior mi pensamiento.

—Los depravados como el pederasta de Ciudad Lineal, Antonio Ortiz, no deberían volver a ver el cielo sino desde el patio de la cárcel. No puedo imaginar a todos esos niños encerrados en casa por miedo a un depredador igual, o teniendo que ser vigilados por la policía mientras juegan.

—La cadena perpetua tendría que ser una realidad para delincuentes como ese. Pero no una que se pudiera revisar y que permitiera ponerlos de nuevo en la calle por una supuesta buena conducta. La sociedad entera debe reclamar a sus gobernantes que los delitos de agresión sexual conlleven condenas de ese tipo y sin miramientos enfocados a la reinserción, porque esos agresores solo se reinsertan cuando están muertos. Nada de condenarles a 300 años de cárcel para que salgan a los veinte; una condena de por vida, dure lo que dure, por si acaso a alguno “se le ocurre” vivir hasta los 350 años.

—En eso tendríamos que demostrar que somos una piña cerrada y no abierta con los piñones desparramados por el suelo para que los zapatos de los delincuentes los pisoteen. ¿Llegaremos nosotros a ver la aplicación de la cadena perpetua, pero de verdad, aplicada a esos malnacidos?

—Lo que sí verán desde hoy los clientes de Movistar, es el cobro de sus llamadas al contestador automático del teléfono fijo para recuperar sus mensajes. Espero que espabilen y busquen una solución para que su factura no engorde.

—Siempre podrán cambiar de operador… Hay una oferta variopinta.

—De hecho, el contestador es casi innecesario ya. Con la tarifa plana para llamadas nacionales a fijos y casi, o también a móviles, con WhatsApp, Line, Telegram, etc., si alguien te llama a casa y no estás, seguro que te mandan un mensaje y si no, pues le llamas tú cuando llegues. #10#, y a otra cosa.

—Aquel que dijera en 1985 que «la justicia es un cachondeo» cuando los tribunales aplazaron la demolición del chalé de Bertín Osborne ordenada por el Ayuntamiento, el exalcalde de Jerez Pedro Pacheco, debió de creérselo tanto, que ha acabado condenado a 5 años y medio por prevaricación y malversación. Recurrió la condena de la Audiencia de Cádiz ante el Tribunal Supremo, y este se la ha aumentado.

—No creo que la justicia sea un cachondeo pero leyendo los periódicos cada día, sí pienso que debe de ser como la lotería, que a unos les toca y a otros no les llega nunca el gordo. ¡No entiendo cómo podemos respirar en España con tanta corrupción! Van a tener que poner más camas en los hospitales para los intoxicados por esta peste porcina, porque eso son los corruptos. ¿Tú crees que si intento también tirarme por el tobogán como esos críos, me aceptarán para que me divierta junto a ellos un rato?

—De lo que harán los niños no tengo ninguna duda: se lo pasarán en grande riéndose de ti, de que alguien de tu edad se comporte como un crío. Puede incluso que alguno te diga muy serio que el tobogán es para niños, no para padres. Ahora bien, los progenitores ya serán otro cantar; estarán tan puntillosos porque cualquier extraño se acerque a sus hijos siquiera a menos de diez metros, que puede que mientras estés dentro de la zona de juegos, se lleven a los niños con ellos a los bancos para tenerlos bien vigilados. Quizás incluso alguno llame a la policía mosqueado por tu intromisión, temiendo tal vez alguna cosa inesperada. Yo dejaría a los niños jugar y a los padres tranquilos con sus conversaciones.

—¡Qué triste lo que nos hacen desgraciados como el pederasta de Ciudad Lineal!

—Creo, que si en vez de producirse la escena hace dos mil años, tuviese lugar ahora y Cristo pronunciara una de sus citas más célebres, «dejad que los niños se acerquen a mí», no moriría crucificado por los romanos sino apedreado por los padres, tal debe ser su temor a los desconocidos.

—Por desgracia estás en lo cierto, pero me resisto a no atender los gritos de la llamada de la niñez; necesito dejar de sentirme mayor por unos minutos. ¡Malditos seáis, Antonio Ortiz y cuantos robáis la infancia y la inocencia a los más desvalidos!

Te levantas del banco y con decisión diriges tus pasos hacia el grupo de padres que observan con tenacidad, sin perderlos de vista ni un momento, a los renacuajos que se lanzan en tromba por el tobogán una y otra vez sin desfallecer en algún momento.

Con determinación, pero transmitiendo en todo momento la confianza que esos adultos deben depositar en ti, expones tus razones para el motivo que te ha decidido a dirigirte a ellos.

Detecto miradas desconfiadas en tus interlocutores, pero también hay quien sonríe al escuchar tu deseo de no desoír la llamada de la niñez que te ha tomado al asalto.

Me parece que al fin les has podido convencer de que nada tienen que temer de ti, porque te encaminas a la cola donde cada crío espera su turno para subir la escalera y lanzarse a la aventura. Pides la correspondiente tanda y te colocas pacientemente detrás de una niña con trenzas morenas, que no deja de mirarte intrigada pero que no abre la boca, aunque mira a su madre con persistencia, mientras ella le lanza una sonrisa tranquilizadora. Eso sí, algunos varones se han situado también muy cerca de la zona de juegos.

Llega tu turno, pero tu altura te permite colocarte fácilmente sobre la rampa, saltándote el protocolo de subir la escalera, y lanzarte al abismo igual que un niño más. Como te conozco bien, sé que una vez convencidos los padres, debes granjearte la simpatía de los críos o te echarán sin contemplaciones de su feudo privado. Es en ese momento cuando haciendo una maniobra insospechada te lanzas de tan mala manera, que acabas en la arena al pie del tobogán con la nariz incrustada en ella y manoteando pidiendo socorro vertiginosamente a tus improvisados compañeros de juego, que se lanzan entre risotadas a ver cómo ha quedado tu nariz, que misteriosamente, aparece hinchada como un globo rojo intenso que provoca aún mayor hilaridad entre los pequeños, que al unísono te dan las manos para contribuir en que te levantes.

Recuperada la vertical y teatralizando mucho la hinchazón de tu nariz, que tapas con una mano mientras sacudes vigorosamente la otra y das saltitos, a sabiendas de que concentras ahora el interés de toda la pandilla, lanzas un guiño a los padres, otro a mí y vuelves al puesto que te corresponde en la cola. La niña de las trenzas morenas te pregunta algo; imagino que se interesa por si te duele mucho la nariz. Nada mejor que una cómica caída de adulto para que se ría un niño, pero desde luego, hoy te has ganado la entrada en el Reino de los Cielos.

Es así de fácil conseguir que los niños confíen en un adulto, pero también es así de sencillo engatusarlos para después hacerles daño. En eso precisamente, en la sencillez, estriba lo que provoca la mayor repugnancia y lo que debe inspirar el mayor castigo.

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